Table Of ContentSpin
Charles Wilson Robert
Título: Spin
Autor: Charles Wilson Robert
Título original: Spin
Traductor: Xavier Riesco
Editorial: Omicron
ISBN: 9788496938038
Reseña:
Tres adolescentes, los gemelos Diane y Jason Lawton y su mejor
amigo, Tyler Dupree, contemplan las estrellas cuando, de repente, éstas
se apagan. Ha nacido el Spin, un peculiar escudo alrededor del planeta,
de origen y objetivo desconocidos.
Spin trata de los extraños años en la vida de este trío, mientras el
Universo verá transcurrir tres mil millones de años al otro lado del
escudo que resulta ser, también, una discontinuidad temporal creada
por fuerzas e ingenieros desconocidos, los misteriosos Hipotéticos.
Jason, un genio, invertirá su vida de célibe en una lucha contra el
tiempo para descubrir los porqués del Spin, siguiendo primero los
dictados de su poderoso padre y enfrentándose a él en momentos
crucialess, Tyler se convertirá en médico y será el narrador de la
historia gracias a ser el amigo y confidente de Jason, mientras
mantiene oculto su amor, nunca correspondido, por Diane, la única que
se dejará llevar por el nuevo fanatismo religioso que el Spin
desencadena irremediablemente. Aprovechando el tiempo al otro lado
del escudo, se terraformará Marte y la llegada posterior de un
descendiente de humanos nacido en Marte centrado en las
biotecnologías ofrece la posibilidad de entrar en el Cuarto Estado, «una
madurez más allá de la madurez», casi una inmortalidad...
9
4 x 10 d. C.
Todo el mundo cae, y todos aterrizamos en algún lado.
Así que alquilamos una habitación en el tercer piso de un hotel de estilo
colonial en Padang, donde pasaríamos desapercibidos durante un tiempo.
Novecientos euros por noche nos compraron privacidad y una vista del océano
índico desde la terraza. Durante los días despejados, y ésos no escasearon
durante los últimos días, podíamos ver la parte más cercana del Arco: una línea
vertical del color de las nubes que se alzaba desde el horizonte y desaparecía,
todavía en ascenso, en una neblina azul. Por impresionante que pareciera, desde
la costa oeste de Sumatra sólo una fracción de toda la estructura era visible. El
otro extremo del Arco descendía sobre las cimas submarinas de la cordillera
Carpenter, a más de mil kilómetros de distancia, pasando por encima de la fosa
de las Mentawai como una diadema nupcial que descansara, puesta hacia arriba,
sobre un charco poco profundo. Sobre tierra firme, hubiera ido desde Bombay en
la costa este de la India hasta Madras en la costa oeste. O, más o menos, de
Nueva York a Chicago.
Diane había pasado la mayor parte de la tarde en la terraza, sudando a la
sombra de una desteñida sombrilla a rayas. La vista le fascinaba, y me sentía
aliviado y agradecido porque así fuera; de que después de todo lo que había
ocurrido, aún fuera capaz de encontrar placer en algo así.
Me uní a ella al ocaso. La puesta del sol era el mejor momento. Un carguero
que bajaba por la costa en dirección al puerto de Teluk Bayur se convirtió en un
collar de luces en la oscuridad cercana a la costa, deslizándose sin esfuerzo. El
extremo más cercano del Arco brillaba como un clavo rojo y pulido que sujetara
el cielo al mar. Observamos cómo la sombra de la Tierra trepaba por la columna
mientras se oscurecía la ciudad.
Era una tecnología, según la famosa cita, «indistinguible de la magia». ¿Qué
otra cosa sino magia permitiría el flujo ininterrumpido de aire y mar desde la
bahía de Bengala al océano índico, pero que a su vez transportaría a un navío de
superficie a puertos aún más extraños? ¿Qué milagro de la ingeniería permitía a
una estructura de un millar de kilómetros de radio sostener su propio peso? ¿De
qué estaba hecho, y cómo hacía lo que hacía?
Quizá sólo Jason Lawton podría haber respondido a esas preguntas. Pero
Jason no estaba con nosotros.
Diane se enderezó en la tumbona; su vestido amarillo y su cómicamente
amplio sombrero de paja habían quedado reducidos por la oscuridad que se
acumulaba a geometrías de sombras. Su piel era clara, tersa, de un color
avellana, sus ojos captaron la luz postrera de manera encantadora, pero su
expresión seguía siendo de preocupación. Eso no había cambiado.
Alzó la vista en mi dirección.
-Llevas todo el día inquieto.
-Estoy pensando en escribir algo -dije-. Antes de que empiece. Una especie de
memorias.
-¿Tienes miedo de lo que puedas perder? Pero ese miedo es irracional. No es
como si se te fuera a borrar la memoria.
No, no me la borraría; pero existía la posibilidad de que quedara borrosa,
desenfocada, deformada. Los otros efectos secundarios de la droga eran
temporales y soportables, pero la posibilidad de una pérdida de memoria me
aterrorizaba.
-De todas formas -dijo ella-, las probabilidades están a tu favor. Lo sabes
mejor que nadie. Hay un riesgo... pero es sólo un riesgo, y uno muy bajo.
Y si le ocurriera a ella, en ese caso puede que entonces fuera una bendición.
-Aun así -dije-. Me sentiré mejor si escribo algo.
-Si no quieres seguir adelante con esto, no tienes por qué hacerlo. Ya sabrás
cuando estés preparado.
-No. Quiero hacerlo. -O eso me dije a mí mismo.
-Entonces hay que empezar esta noche.
-Lo sé. Pero durante las próximas semanas...
-Probablemente no tendrás ganas de escribir nada.
-A menos que no pueda evitarlo. -La grafomanía era uno de los efectos
secundarios potenciales menos alarmantes.
-Ya veremos qué opinas cuando te golpee la náusea. -Me dedicó una sonrisa
consoladora-. Supongo que todos tenemos algo que tememos dejar atrás.
Era un comentario inquietante, y uno en el que no quería pensar.
-Mira -dije-, quizá deberíamos empezar a prepararnos.
El aire olía a trópico, con un rastro de cloro procedente de la piscina del hotel
tres pisos por debajo. Padang era un importante puerto internacional en esos
días, lleno de extranjeros: hindúes, filipinos, coreanos e incluso americanos
extraviados como Diane y yo, gente que no podía permitirse transporte de lujo y
que no estaba cualificada para entrar en los programas de reasentamiento
aprobados por la ONU. Era una ciudad vital, pero también a menudo sin ley,
especialmente desde que los Nuevos Reformasi[1] habían llegado al poder en
Yakarta.
Pero el hotel era seguro y las estrellas brillaban con toda su gloria
desperdigada. La cima del Arco era el objeto más brillante del cielo, una
delicada letra «U» (Único, Unificador) escrita boca abajo por un dios disléxico.
Cogí a Diane de la mano mientras contemplábamos cómo se desvanecía.
-¿En qué piensas? -me preguntó.
-En la última vez que vi las viejas constelaciones. -Virgo, Leo, Sagitario: el
léxico de los astrólogos reducido a notas a pie de página en el libro de la historia.
-Desde aquí se hubieran visto de manera diferente, ¿no? Éste es el hemisferio
sur.
Supuse que sí.
Entonces, en la plena oscuridad de la noche, volvimos a la habitación.
Encendí las luces mientras Diane cerraba las persianas y sacaba la jeringuilla y
la ampolla que le había enseñado a usar. Llenó la jeringuilla estéril, frunció el
ceño y dio unos golpecitos para eliminar una burbuja. Parecía una profesional,
pero le temblaba la mano.
Me quité la camisa y me tumbé en la cama.
-Tyler...
De repente era ella la que tenía reparos.
-Nada de echarse atrás -dije-. Sé en lo que me estoy metiendo. Ya lo hemos
discutido una docena de veces.
Asintió y me frotó el interior del codo con alcohol. Sostenía la jeringuilla en la
mano derecha, con la aguja hacia arriba. La pequeña cantidad de fluido en su
interior parecía tan inofensiva como el agua.
-Eso fue hace mucho tiempo -dijo ella.
-¿El qué?
-Aquella vez que contemplamos las estrellas.
-Me alegra que no lo hayas olvidado.
-Claro que no lo he olvidado. Cierra el puño.
El dolor fue trivial. Al menos al principio.
La Gran Casa
Tenía doce años, y los gemelos trece, la noche en que las estrellas
desaparecieron del cielo.
Era octubre, un par de semanas antes de Halloween, y a los tres nos habían
ordenado quedarnos en el sótano de la Casa Lawton, a la que llamábamos la
Gran Casa, mientras durara la reunión social sólo para adultos.
Estar confinados en el sótano no era ningún tipo de castigo. No para Diane y
Jason, que pasaban gran parte de su tiempo allí por gusto; y desde luego no para
mí. Su padre había delimitado una estricta frontera entre las zonas de adultos de
la casa y las de niños, pero teníamos una plataforma de juegos de última
generación, películas en disco e incluso una mesa de billar... y ninguna
supervisión adulta excepto una de las camareras, una tal señora Truall, que cada
hora o así se escapaba de su tarea de servir canapés y bajaba a informarnos de las
novedades de la fiesta. (Un tipo de Hewlett-Packard había conseguido quedar
mal ante la mujer de un columnista del Post. Teníamos un senador borracho
como una cuba en el estudio). Lo único que nos faltaba, según Jason, era silencio
(el sistema de sonido del piso de arriba atronaba con música de baile que nos
llegaba atravesando el techo como el latido del corazón de un ogro) y poder ver
el cielo.
Silencio y ver el cielo: Jase, como era típico en él, había decidido que quería
ambas cosas.
Diane y Jason habían nacido con minutos de diferencia pero eran obviamente
más bien hermanos que gemelos idénticos; nadie excepto su madre los llamaba
gemelos. Jason solía decir que eran el resultado de «espermatozoides dipolares
que penetraron en óvulos con cargas opuestas». Diane, cuyo IQ era casi tan
impresionante como el de su hermano, pero que mantenía su vocabulario atado
con una correa más corta, hacía la comparación de «prisioneros diferentes que
escaparon de la misma celda».[2]
Ambos me hacían sentirme intimidado.
Jason, a los trece años, no sólo era tan listo que daba miedo sino que además
estaba en buena forma física: no era especialmente musculoso, pero sí vigoroso
y solía ganar en las carreras y en los deportes de competición. Medía ya casi
metro ochenta en aquel entonces, era flacucho y su rostro desgarbado se veía
redimido por una sonrisa torcida pero genuina. Su cabello, en aquellos días, era
rubio y estropajoso.
Diane medía unos doce centímetros menos que él, rechoncha sólo si se la
comparaba con su hermano, y de piel más oscura. Su complexión era clara
exceptuando las pecas que rodeaban sus ojos y le daban un aspecto de máscara:
«Mi antifaz de mapache», solía decir. Lo que más me gustaba de Diane, y yo ya
había llegado a una edad en la que esos detalles cobraban una importancia
pobremente comprendida pero innegable, era su sonrisa. Rara vez sonreía, pero
cuando lo hacía era espectacular. Estaba convencida de que sus dientes eran
demasiado prominentes (y estaba equivocada), y había tomado el hábito de
cubrirse la boca cuando se reía. Me gustaba hacerla reír, pero era su sonrisa lo
que anhelaba en secreto.
La semana pasada, el padre de Jason le había regalado unos caros binoculares
de astronomía. Había estado jugueteando con ellos durante toda la tarde,
mirando el póster de viaje que había encima de la tele, fingiendo ver Cancún
desde las afueras de Washington, hasta que al final se levantó y dijo: -Tenemos
que salir a ver el cielo.
-No -dijo Diane al instante-. Ahí fuera hace frío.
-Pero está despejado. Es la primera noche despejada de esta semana. Y sólo
hace un poco de fresco.
-Esta mañana había hielo en el césped.
-Escarcha -contraatacó Jason.
-Es más de medianoche.
-Es viernes por la noche.
-Se supone que no podemos salir del sótano.
-Se supone que no debemos perturbar la fiesta. Nadie dijo nada acerca de salir
al exterior. Nadie nos verá, si lo que pasa es que tienes miedo de que nos pillen.
-No tengo miedo de que nos pillen.
-Y entonces, ¿de qué tienes miedo?
-De que se me congelen los pies mientras te escucho parlotear.
Jason se volvió hacia mí.
-¿Y tú qué, Tyler? ¿Quieres venir a ver el cielo?
Para mi pesar, los gemelos a menudo me pedían que arbitrara sus discusiones.
Era una posición en la que saldría perdiendo hiciera lo que hiciera. Si me
alineaba con Jason, me pondría en contra de Diane; pero si me ponía de parte de
Diane demasiado a menudo, entonces parecería... bueno, parecería obvio. Así
que le dije: -Pues no sé, Jase, fuera hace bastante frío...
Fue Diane la que me permitió salirme de la trampa. Me puso una mano en el
hombro y me dijo: -No te preocupes. Supongo que un poco de aire fresco será
mejor que tener que escuchar sus quejas.
Así que cogimos nuestras chaquetas del pasillo del sótano y salimos por la
puerta de atrás.
La Gran Casa no era tan grandiosa como implicaba el nombre que le
habíamos puesto, pero era más grande que el hogar medio en este barrio de clase
media-alta y tenía una parcela de terreno mayor que las demás. Una gran
extensión ondulante de césped bien cuidado daba a un grupo de pinos silvestres
que bordeaban un arroyo algo contaminado. Jason escogió un lugar para mirar
las estrellas a medio camino entre la casa y el pinar.
Octubre había sido agradable hasta ayer, cuando un frente frío había acabado
con el veranillo de San Juan. Diane se abrazó las costillas y tiritó
ostensiblemente, pero sólo para castigar a Jason. El aire nocturno era
simplemente fresco, no helado. El cielo estaba cristalino y la hierba
relativamente seca, aunque posiblemente de madrugada volvería a helar. No
había luna ni rastro de nubes. La Gran Casa estaba iluminada como un barco
fluvial del Misisipi y proyectaba su feroz luminiscencia amarillenta por todo el
césped, pero sabíamos por experiencia que en noches como ésa, si te ponías en la
sombra de un árbol, desaparecías de la vista como si hubieras caído en un
agujero negro.
Jason se tumbó de espaldas y apuntó sus binoculares al cielo estrellado.
Me senté con las piernas cruzadas junto a Diane y observé cómo sacaba del
bolsillo de su chaqueta un cigarrillo, que probablemente le había robado a su
madre (Carol Lawton, cardióloga y supuestamente exfumadora, guardaba en
secreto cajetillas de cigarrillos en su cómoda, su escritorio y en un cajón de la
cocina. Mi madre me lo había contado). Se llevó el cigarrillo a los labios y lo
encendió con un mechero traslúcido; momentáneamente, la llama fue lo más
brillante en la noche; y exhaló una vaharada de humo que remolineó
vigorosamente en la oscuridad.
Me pilló observándola.
-¿Quieres una calada?
Description:Una noche de octubre, cuando tenia diez anos, Tyler Dupree estaba en el patio de su casa y vio salir las estrellas. Hubo una gran brillantez que luego desaparecio, sustituida por un negro vacio. El y sus mejores amigos, Diane y Jason Lawton, habian visto lo que fue conocido como el Gran Apagon, que