Table Of ContentGeralt de Rivia 02 - La Espada del
Destino
Sobrecubierta
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Segunda Entrega de la Saga de Geralt de Rivia
ANDRZEJ SAPKOWSKI La saga de Geralt
de Rivia
La espada del destino
Traducción de José María Faraldo
Las fronteras de lo posible
I
–No va a salir de ahí, os digo –habló el caracañado, moviendo la cabeza con
convicción–. Una hora y cuarto hace que se metió dentro. Se lo han cargao.
Los burgueses, apiñados entre las ruinas, guardaban silencio, la vista clavada
en un negro agujero abierto entre los escombros que era la entrada arruinada a un
subter ráneo. Un gordo vestido con un jubón amarillo pasó el peso de una pierna
a la otra, carraspeó, se quitó un arrugado birrete de la cabeza.
–Esperemos aún –dijo, limpiándose el sudor de unas cejas ralas.
–¿A qué? –resopló el caracañado–. Allá en las mazmorras vive un basilisco,
¿lo olvidasteis,
alcalde? Quien ahí entra, ése la palmó. ¿Acaso han muerto pocos ahí dentro?
¿A qué esperar, entonces?
–Así lo habíamos acordado, ¿no? –murmuró inseguro el gordo.
–Con un vivo lo acordasteis, alcalde –dijo el compañero del caracañado, un
gigante que llevaba un delantal de carnicero hecho de cuero –. Y que está muerto
es tan seguro como que hay sol en el cielo. Era de prever que a su ruina
caminaba, como tantos otros antes. Pues hasta sin espejo se metió allá, sólo con
la espada. Y que sin un espejo no se puede cargar uno a un basilisco lo saben
hasta los crios.
–Sos ahorrasteis unas perras, alcalde –añadió el caracañado–. Pues no hay a
quién pagar por el basilisco. Iros tranquilo a casa. Y el caballo y los haberes del
hech icero ya los tomaremos nosotros; pena da de dejar que se echen a perder.
–Así es –dijo el carnicero–. Buena es la jaca, y las albardas no están poco
llenas. Vamos a echar el ojo dentro, a ver qué hay.
–Pero ¡bueno! ¿Qué es esto?
–Callad, alcalde, y no sos metáis, porque todavía sos lleváis un soplamocos
–le advirtió el de los granos.
–Buena jaca –repitió el carnicero.
–Deja ese caballo en paz, querido.
El carnicero se dio la vuelta despacio, en dirección al forastero que había
entrado por un agujero en el muro y que venía detrás de la gente que estaba
congregada alrededor de la entrada a los calabozos.
El forastero tenía unos cabellos castaños rizados y muy poblados, llevaba una
túnica marrón sobre un caftán forrado de guata, botas altas de montar. Y no port
aba arma alguna.
–Aléjate del caballo –repitió, con una sonrisa malvada –. ¿Cómo es eso?
Caballo ajeno, albardas ajenas, propiedad de otro. ¿Y tú pones en ella tus ojos
legañosos, diriges hacia ella tu asquerosa zarpa? ¿Es eso honrado?
El caracañado deslizó poco a poco la mano por el seno del gabán, miró al
carnicero. El carnicero le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, luego un
ademán al grupo, del que salieron otros dos mozos, fuertes, con el pelo corto.
Ambos llevaban en la mano unos palos como los que se usan en los mataderos
para entontecer a las bestias.
–¿Y quién hais de ser vos –preguntó el caracañado sin sacar la mano de
debajo del seno – para decirnos lo que es honrado y lo que no?
–Eso no es asunto tuyo, querido.
–Armas no lleváis.
–Cierto. –El forastero sonrió aún más perversamente –. No llevo.
–Mala cosa. –El caracañado sacó la mano del seno junto con un largo cuchillo
–. Muy mala cosa es que no llevéis.
El carnicero sacó también una hoja, larga como un cuchillo de monte. Los
otros dos dieron un p aso
al frente al tiempo que levantaban los palos.
–No tengo que llevarlas –dijo el forastero sin moverse del sitio–. Mis armas
andan conmigo.
Desde detrás de las ruinas acudieron dos jóvenes muchachas que caminaban
con paso ligero, seguro. En un segundo la turba se abrió, retrocedió, se hizo más
dispersa.
Las muchachas sonreían, brillaban sus dientes y relucían sus ojos, desde
cuyos rabillos corrían hasta las orejas las amplias bandas azules de un tatuaje.
Los músculos de los poderosos muslos, visibles bajo las pieles de lince que les
rodeaban las caderas, y los de los brazos, desnudos y redondos por encima de
unos guantes de malla de acero, resaltaban juguetones. Desde detrás de los
hombros, también cubiertos de
cota de malla, sobresalían las empuñaduras de sendos sables.
Lenta, muy lentamente, el caracañado dobló la rodilla, dejó el cuchillo en el
suelo.
Del agujero en las ruinas surgió el sonido del estruendo de piedra contra
piedra, un crujido, y luego unas manos salieron de las tinieblas y se aferraron a
los mellados bordes del muro. Después de las manos aparecieron poco a poco
una cabeza de blancos cabellos regados con polvo de ladrillos, una cara muy
pálida, la empuñadura de una espada que sobresalía por detrás de los hombros.
La multitud comenzó a murmurar.
El peloblanco se irguió y sacó del agujero una extraña forma, un raro
cuerpecillo que estaba cubierto de polvo mezclado con sangre. Tirando del ser
por una larga cola de salamandra, lo arrojó sin decir una palabra a los pies del
gordo alcalde. El alc alde dio un salto atrás, se tropezó con un fragmento de
muro, miró el torcido pico de pájaro, las alas membranosas, las garras en forma
de hoz, las patas cubiertas de escamas. Vio el pescuezo hinchado, que alguna vez
fue de color carmín y ahora de un rojo sucio. Vio los ojos hundidos y vidriosos.
–Aquí está el basilisco –dijo el peloblanco, limpiándose el polvo de los
pantalones –. Como acordamos. Mis doscientos lintares, si no os importa.
Lintares de los buenos, no muy recortados. Los revisaré, os aviso.
El alcalde, con las manos temblorosas, extrajo un saquete. El peloblanco miró
a su alrededor, detuvo un momento la vista sobre el caracañado, vio el cuchillo
que yacía junto a sus pies. Miró al hombre de la túnica marrón, a las muchachas
de las pieles de lin ce.
–Como de costumbre –dijo, mientras arrancaba la bolsa de las manos
nerviosas del alcalde —. Me juego el cuello por vosotros a cambio de cuatro
perras y, mientras tanto, me quitáis mis cosas. Nunca vais a cambiar, maldita
sea.
–No las tocamos –murmuró el carnicero, retrocediendo. Los de los palos
hacía tiempo ya que se habían escondido entre la gente –. No las tocamos, las
cosas vuestras, señor.
–Me alegro. –El peloblanco sonrió. A la vista de esta sonrisa, que floreció en
el pálido rostro como una herida que se abre, la muchedumbre comenzó a
dispersarse rápidamente –. Y por ello, paisano, tampoco a ti te va a tocar nadie.
Te irás en paz. Pero te irás a toda prisa.
El caracañado, de espaldas, también quiso irse. Los granos en su rostro
repentinamente pálido se marcaban dándole un feo aspecto.
–Eh, espera –le dijo el hombre de la túnica marrón –. Te has olvidado de algo.
–¿De qué... señor?
–Has alzado un cuchillo contra mí.
La más alta de las muchachas, que estaba de pie con las piernas muy abiertas,
giró sobre sus caderas. El sable, que había sacado no se sabía cuándo,
relampagueó con violencia en el aire. La cabeza del caracañado voló hacia
arriba, describiendo un arco, cayó al agujero del calabozo. El cuerpo rodó rígido
y pesado, como un tronco recién cortado , entre cascotes de ladrillos. La multitud
gritó con una sola voz. La segunda de las muchachas, con la mano en la
empuñadura, se volvió con agilidad, cubriendo las espaldas. Innecesariamente.
La muchedumbre, tropezándose y cayendo sobre los escombros, desa pareció en
dirección a la ciudad lo más deprisa que le permitían sus pies. En la cabecera,
dando unos saltos impresionantes, iba el alcalde, sólo un par de brazas por
delante del gigantesco carnicero.
–Un hermoso golpe –comentó el peloblanco con frialdad, mientras se protegía
los ojos del sol con la mano enguantada en negro –. Un hermoso golpe de un
sable zerrikano. Me inclino ante la maestría y la belleza de unas guerreras libres.
Soy Geralt de Rivia.
–Y yo soy Borch, llamado Tres Grajos. –El desconocido de la túnica marrón
señaló un desteñido escudo en la parte delantera de su ropa que mostraba a tres
pájaros color sable puestos en fila en el centro de un campo de oro de una sola
pieza –. Y éstas son mis muchachas, Tea y Vea. Así las llamo, porque con sus
nombres verdaderos se puede uno morder la lengua. Las dos, como has
adivinado, son zerrikanas.
–Por lo que parece, gracias a ellas tengo todavía caballo y haberes. Gracias,
guerreras. Os lo agradezco también a vos, señor Borch.
–Tres Grajos. Y guárdate lo de señor. ¿Algo te retiene en este villorrio, Geralt
de Rivia?
–Antes al contrario.
–Perfecto. Tengo una proposición: no lejos de aquí, en la encrucijada junto al
camino del puerto fluvial, hay una venta. Se llama El Dragón Pensativo. Su
cocina no tiene par en todo el país. Me dirijo justamente allí con la idea de
comer y pasar la noche. Sería un honor si quisieras hacerme compañía.
–Borch –el peloblanco se alejó del caballo, miró al desconocido a los ojos –,
quisiera que las cosas estuvieran claras entre nosotros. Soy brujo.
–Lo había imaginado. Y lo has dicho en el tono de quien dice «tengo lepra».
–Hay quienes prefieren la compañía de un leproso a la de un brujo –dijo
Geralt despacio.
–Y hay quienes prefieren tal compañía a la de las muchachas. En fin, sólo
puedo compadecerlos, a los unos y a los otros. Renuevo mi propuesta.
Geralt se quitó el guante, apretó la mano que le tendían.
–Acepto, y me alegro de que nos hayamos conocido.
–En marcha entonces, o me moriré de hambre.
II
El ventero limpió con un trapo la áspera mesa, se inclinó y sonrió. Le faltaban
las dos paletas.
–Sííí... –Tres Grajos contempló por un instante el techo cu bierto de hollín y
las arañas que lo recorrían–. En primer lugar... En primer lugar, cerveza. Para no
tener que venir dos veces, un barrilete
entero. Y para acompañar... ¿Qué nos propones para acompañar, querido?
–¿Queso? –se arriesgó el ventero.
–No. –Borch frunció el ceño–. El queso será el postre. Con la cerveza
queremos algo ácido y
picante.
–Muy bien. –El ventero adoptó una sonrisa aún más amplia. Las dos paletas
no eran los únicos dientes que le faltaban–. Angulas al ajillo en aceite y vinagre
o pimientos verdes rellenos en escabeche.
–Estupendo. Una cosa y la otra. Y luego sopa, aquella que ya comí aquí una
vez y en la que
nadaban diversos moluscos, peces y otros bichos deliciosos.
–¿Sopa de almadiero?
–Exacto. Y luego asado de cordero con cebolla. Y luego sesenta cangrejos.
Echa tanto hinojo en la
olla como quepa. Y luego queso de oveja y ensalada. Y luego ya veremos.
–Muy bien. ¿Para todos, cuatro veces, quiero decir?
La zerrikana más alta negó con la cabeza, señaló significativamente al talle
envuelto en una ajustada camisa de lino.
–Lo olvidé. –Tres Grajos guiñó el ojo a Geralt –. Las muchachas se
preocupan por guardar la lí nea. Jefe, carnero sólo para nosotros dos. La cerveza
traedla ahora, junto con las angulas. Con el resto esperad un poco, para que no se
enfríe. No hemos venido aquí a ponernos las botas, sino simplemente a hablar un
rato.
–Entiendo.
El posadero se inclinó una vez más.
–La sagacidad es cosa importante en tu negocio. Tiende la mano, querido.
Tintinearon las monedas de oro. El posadero abrió el morro hasta los límites
de lo posible.
–Esto no es una señal a cuenta –le comunicó Tres Grajos–. Esto es aparte. Y
ahora corre a la cocina,
buen hombre. En el camaranchón hacía calor. Geralt se desabrochó el
cinturón, se sacó el caftán y se remangó la
camisa.
–Veo –dijo– que no te persigue la falta de liquidez. ¿Vives de las rentas del
estamento de caballero?
–En parte –sonrió Tres Grajos sin entrar en detalles.
Rápidamente acabaron con las angulas y un cuarto del barrilete. Tampoco las
zerrikanas le hicieron
ascos a la cerveza, por lo que enseguida ambas estuvieron visiblemente más
contentas. Se susurraban cosas la una a la otra. Vea, la más alta, estalló de pronto
en una risa gutural.
–¿Las muchachas hablan la común? –preguntó Geralt en voz baja, mirándolas
por el rabillo del ojo.
–Mal. Y no son muy habladoras. Lo que es de agradecer. ¿Qué te parece la
sopa, Geralt?
–Mmmm.
–Bebamos.
–Mmmm.
–Geralt –Tres Grajos dejó la cuchara y dio un hipido con distinción –,
volvamos un momento a lo que hablábamos antes. Por lo que he entendido, tú,
brujo, vagabundeas de un confín del mundo al otro, y si por el camino te
encuentras con a lgún monstruo, te lo cargas. Y así te ganas los garbanzos. ¿De
esto trata la profesión de brujo?
–Más o menos.
–¿Y qué sucede si te llaman de algún lugar concreto? Para, por así decirlo, un