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Plano americano
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Leila Guerriero
Plano americano
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
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Publicado en 2013 en Ediciones Universidad Diego Portales,
Chile
Ilustración: «Les Visitants», Guillermo Kuitca, 2017, foto © Jorge Miño.
Con la ayuda del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos
de Argentina y la Fondation Cartier pour l’art contemporain
Primera edición: marzo 2018
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
© Leila Guerriero, 2013, 2018
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2018
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-0800-1
Depósito Legal: B. 4270-2018
Printed in Spain
Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - Polígono Torrentfondo
08791 Sant Llorenç d’Hortons
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Para Diego, desde siempre y desde todas partes
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AGRADECIMIENTOS
Matías Rivas, Milagros Abalo, Adán Méndez, Daniella Gon-
zález, Paula Escobar, Paula Coddou, Gazi Jalil, Daniel Samper
Ospina, Diego Garzón, Amelia Castilla, Guillermo Altares, Gre-
gorio Rodríguez Ramos, Hugo Caligaris, Milena Vodanovic,
Marta del Riego, Virginia Galvín, Salvador Frausto Crotte, Natu
Poblet, Maximiliano Tomas, Mario Jursich, Andrés Hoyos, Gui-
llermo Osorno, Laszlo Erdelyi, Elvio Gandolfo.
Y Homero Alsina Thevenet, que hace tanta falta.
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NICANOR PARRA
Buscando a Nicanor
Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un
rugido, el viento. Sentado en una butaca cubierta por una
manta, viste camisa de jean, un suéter beige que tiene varios
agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta
corrediza separa la sala de un balcón en el que se ven dos sillas
y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos. Des-
pués, el océano Pacífico, las olas que muerden rocas como cora-
zones negros.
–Adelante, adelante.
Es un hombre, pero podría ser un dragón, el estertor de un
volcán, la rigidez que antecede a un terremoto. Se pone de pie.
Aprieta una gorra de lana y dice:
–Adelante, adelante.
Llegar a la casa de la calle Lincoln, en el pueblo costero de
Las Cruces, a 200 kilómetros de Santiago de Chile, donde vive
Nicanor Parra, es fácil. Lo difícil es llegar a él.
Nicanor. Nicanor Parra. Oriundo de San Fabián de Alico,
400 kilómetros al sur de Santiago, hijo primogénito de un total
de ocho venidos al mundo de la unión de Nicanor Parra, profe-
sor de colegio, y Clara Sandoval, ama de casa, costurera. Nica-
nor. Nicanor Parra. Tenía veinticinco años cuando la Segunda
Guerra, sesenta y seis cuando mataron a John Lennon, ochenta
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y siete cuando lo de los aviones y las Torres. Nicanor. Nicanor
Parra. Nació en 1914, cumplió noventa y siete. Hay quienes
creen que ya no está entre los vivos.
Las Cruces es un poblado de dos mil habitantes protegido
del océano Pacífico por una bahía que engarza a varios pueblos:
Cartagena, El Tabo. La casa de Nicanor Parra está en una ba-
rranca elevada, mirando el mar. Tiene dos pisos, tres mansar-
das, los marcos de las ventanas y las puertas pintados de blanco,
el Volkswagen Beetle en el que se mueve por la zona estaciona-
do en el frente. En el antejardín, donde las flores y los arbustos
crecen sin orden, hay una escalera que desciende hacia la puerta
en la que un grafiti, pintado por los punkis de Las Cruces para
que nadie ose tocarle la vivienda, dice: «Antipoesía». En el pasi-
llo que conduce a la sala hay un mueble con fotos familiares y,
anotados con fibrón en la pared con su caligrafía de maestro,
los nombres y los números telefónicos de algunos de sus hijos:
Barraco, Colombina.
–Adelante, adelante.
El pelo de Nicanor Parra es de un blanco sulfúrico. Lleva la
barba crecida, patillas largas. No tiene arrugas, solo surcos en
una cara que parece hecha con cosas de la tierra (rocas, ramas).
Las manos bronceadas, sin manchas ni pliegues, como dos raí-
ces pulidas por el agua. Los ojos, si frunce el ceño, son una
fuerza del daño. Cuando se ríe –y afina la voz como si fuera
una muchacha encantada con las cosas del mundo– los abre
con un asombro cómico, impostado.
–Amén, amén, amén –d ice, haciendo la señal de la cruz
con una botella de vino.
Sobre una mesa baja está el segundo tomo de sus obras com-
pletas (Obras completas & algo †) publicado cinco años después
del primero por Galaxia Gutenberg, una edición a cargo del bri-
tánico Niall Binns y del crítico español Ignacio Echevarría, con
un prefacio del crítico estadounidense Harold Bloom que dice:
«(...) creo firmemente que si el poeta más poderoso que hasta
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ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman,
Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Cre-
púsculo». Hay también un ejemplar de la revista local de Las
Cruces, cuya portada es una foto de Nicanor junto a su herma-
na Violeta, la folklorista más prestigiosa de Chile, que se suici-
dó en 1967 y a quien se sentía minuciosamente unido. La sala
tiene, además de la puerta corrediza que da al balcón, un enor-
me ventanal cuyo alféizar está jalonado de botellas vacías en las
que hay, a modo de adorno, ramas secas. Sobre el brazo de un
sofá, un cheque en dólares por un monto bajo, y, sobre otro, el
ejemplar del día del diario chileno La Tercera, abierto por la
página en la que se publicó una reseña elogiosa de su libro. Parra
se sienta en su butaca, de espaldas al mar y frente a una mesa
baja de mármol.
–Hay que escribir sobre las obras completas del prójimo,
¿ah?
A fines de los ochenta, poco antes de mudarse a esta casa,
cuando aún vivía en Santiago, dejó de dar entrevistas y, aunque
siempre ha habido excepciones, las preguntas directas lo disgus-
tan de formas impensadas, de modo que una conversación con
él está sometida a una deriva incierta, con tópicos que repite y a
los que arriba con cualquier excusa: sus nietos, el Código de
Manú (un libro del siglo III antes de Cristo), el Tao Te King,
Neruda. Puede engarzar esos temas a título de las cosas más di-
versas: derivar en el Código de Manú a raíz de su viaje a la In-
dia; en sus nietos a raíz de Shakespeare o de la geografía.
–Hombres del sur. ¿Cómo se decía hombres del sur? A ver,
a ver, cómo se dice hombres del sur.
Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, repite un mantra
perentorio:
–A ver, a ver... ¿Cómo se llaman los pueblos del sur origina-
rios de Chile? Antes se llamaban onas, alacalufes y yaganes...
–¿Selk’nam?
–Eso, eso. Selk’nam. Hay una frase. «La tierra del fuego se
apaga.» Autor: Francisco Coloane. ¿Se ubica con Coloane, sabe
quién es?
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–¿Un escritor chileno?
–Una gran frase. Pero él era un personaje bastante antipáti-
co, ¿ah? Insoportable. Mal escritor, además.
–¿Conoce Tierra del Fuego?
–He pasado por ahí. Con un nieto mío, el Cristóbal, el To-
lolo. Tiene dieciocho, diecinueve años. Es el autor de frases
muy fenomenales. Lo primero que dijo fue «dadn». Y después
«diúc». Y finalmente «bijuá». Años después le dije: «Venga acá,
usted me va a contar qué quiso decir con “dadn”.» «Te voy a
decir», me dice. En ese tiempo yo estaba traduciendo El Rey
Lear y me paseaba de un lado a otro, y él estaba en su cuna, y
yo recitaba El Rey Lear: «I thought the king had more affected
the Duke of Albany than Cornwall. Y pensaba: «¿Cómo tra-
duzco?» Y él ahí pescó el «diúk». Shakespeare. Y le digo: «¿Y el
“dadn?”.» Y me dijo: «To be or not to be: that is the question.»
That is: «dadn». «¿Y bijuá?», le pregunté. Y me dice: «Ah, eso ni
idea.» Una vez la directora de colegio citó a una reunión urgen-
te a su mamá. ¿Por qué? Porque pasaba lista y el Cristóbal no con-
testaba. Entonces le dijo: «Oiga, compadre, ¿por qué no contes-
ta cuando paso lista?» «No puedo porque yo ya no me llamo
Cristóbal. Ahora me llamo Hamlet.» Pero un día él estaba aquí,
y le digo: «Hamlet.» Y nada. Y entonces le digo: «Hamlet, hace
rato que lo estoy llamando y usted no contesta.» Y me dice:
«Yo ya no me llamo Hamlet. Ahora me llamo Laertes.» Desde
esa época yo renuncié a la literatura y me dedico a anotar las
frases de los niños.
La frase puede parecer un chiste, pero no: Parra anota cosas
que dicen sus nietos; o Rosita Avendaño, que cocina y limpia
en su casa desde hace años; o la gente que pasa por ahí, y todo
termina en la engañosa sencillez de sus poemas: «Después me
quisieron mandar al colegio / Donde estaban los niños enfer-
mos / Pero yo no les aguanté / Porque no soy ninguna niña en-
ferma / Me cuesta decir las palabras / Pero no soy ninguna niña
enferma», escribió en «Rosita Avendaño», publicado por prime-
ra vez en el número especial que, en 2004, le dedicó la revista
chilena The Clinic.
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–Me interesan las frases del Tololo. O sea, por abajo, por
abajo. Nada de Superyó. Ni siquiera Yo. Ni siquiera Súper. Ni
siquiera..., ¿cómo se llama el de más abajo?
–¿El Ello?
–Eso. Ni siquiera el Ello. Pero atención, no hay que llegar
al punto R. Hay países enteros que están en el punto R. Reptil.
Cocodrilo. ¿Ha estado en la India? Hasta los niños miran como
cocodrilo. No hay mirada occidental allí. Estuve una semana,
diez días. Yo no conocía el Código de Manú. Si hubiera conoci-
do el Código de Manú, me quedo. Porque más allá del Código
de Manú no hay nada. El último verso del Código de Manú es
el siguiente: «¿Por qué?, se pregunta uno. Porque humillación
más grande que existir no hay.» Humillación más grande que
existir no hay.
Mira hacia el techo y cuenta las sílabas con los dedos, lle-
vando el ritmo con los pies: «hu-mi-lla-ciónmás...».
–Alejandrino. Atención. Dice el Código de Manú: las eda-
des del hombre no son ni dos ni tres, sino cuatro. Primero,
neófito. Segundo, galán. Tercero, anacoreta. Anacoreta. ¿Qué
quiere decir eso? Que cuando nace el primer nieto, el hombre
se retira del mundo. Renunciar al mundo es, primero, renun-
ciar a la mujer. Nunca más mujer. Nunca más familia. Nunca
más bienes materiales. Nunca más búsqueda de la fama.
–¿Y la cuarta edad?
–Ah, la cuarta edad. Asceta o mariposa resplandeciente.
Quien haya pasado por todas esas etapas será premiado cuando
muera. Y para el que queda a medio camino, castigo. Resucita-
rá como cucaracha o ratón de acequia. En cambio el otro, el as-
ceta, no resucita. Porque no hay humillación más grande que
existir. El mejor premio es borrarlo a uno del mapa. ¿Y enton-
ces qué hace uno después de eso? Uno se va de la India y se vie-
ne a Las Cruces.
No hay detalles, hay datos. Tuvo una infancia con priva-
ciones y mudanzas –d e San Fabián a Lautaro, de ahí a Chillán,
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